Revoluciones fracasadas: cuando las manifestaciones no sirven

Manifestaciones

Los egipcios de la plaza de la Liberación han conseguido su objetivo principal, la caída de Mubarak. Pero otros pueblos han intentado derrocar a sus dictadores en los últimos años sin éxito.

Egipto y Túnez ya le han dicho adiós a Ben Alí y a Mubarak, que con sus respectivas marchas han dejado una incógnita de qué habrá después de las ‘revueltas árabes’. ¿Democracia, auge del islamismo, más inestabilidad, una tercera vía? Lo que es cierto es que el pueblo, a través de las protestas populares y las redes sociales, ha logrado derrocar a los dos dictadores.

Y todo bajo el foco mediático. En los últimos cinco años, las cámaras y los equipos de grabación han retransmitido otras revoluciones. Cuando el clamor popular no consigue vencer a los regímenes autoritarios, los medios se van, pero el descontento queda. Los fracasos de otras revoluciones del siglo XXI en Europa, Asia y Oriente Medio.

La Revolución Verde de Irán

Las elecciones presidenciales de junio de 2009 y la nueva victoria de Mahmud Ahmadineyad prendieron la chispa entre la población iraní, que denunció los comicios por fraude.

La llamada ‘revolución verde’ -que era el color de la campaña del principal opositor, Mir-Hosein Musaví- fracasó después de que el ayatolá Jamenei y la estuctura del régimen cerraran filas en torno a Ahmadineyad y lo nombraran presidente de nuevo. Las protestas renacieron a finales de ese mismo año y en 2010, aunque más tímidamente y de nuevo sin resultados.

La revolución iraní de 2009 dejó al menos 70 muertos, y su fracaso ha dado lugar a una brutal represión que alcanzó eco mediático con el ahorcamiento, en febrero de 2011, de una mujer iraní-holandesa detenida en las protestas y condenada por tráfico de drogas. Miles de personas han tenido que huir del país como refugiados, y aunque en junio del año pasado 80 presos obtuvieron el perdón del ayatolá Jomenei, se estima que unas 4.000 personas fueron detenidas y han sufrido torturas y vejaciones.

La Revolución Azafrán de los monjes birmanos

Las protestas en Birmania, rebautizada como Myanmar, fueron la demostración de que los musulmanes no son los únicos religiosos que se manifiestan. Los monjes budistas birmanos -vestidos de color azafrán- fueron los promotores de las protestas, en 2007, contra el general Tan Shue, considerado uno de los peores dictadores del mundo.

Las expresiones públicas de descontento empezaron en agosto, pero fueron especialmente multitudinarias y violentas a finales de septiembre. Las manifestaciones, que pedían democracia y la marcha de Tan Shue -un tirano que llegó a apropiarse de la ayuda humanitaria que llegó a Birmania tras un ciclón- fueron duramente repelidas con balas por el ejército y la revolución, que había movido a miles de personas, fracasó. El gobierno admitió 15 muertes, pero se cree que son datos falsos.

En 2010 se celebraron las primeras elecciones desde 1990, que dieron la victoria al general y en las que no participó el mayor partido de la oposición, liderado por la activsta Aung Sang Suu Kyi. Por tanto, fueron consideradas un fraude, así que la revolución azafrán aún no ha dado sus frutos.

Las protestas en Bielorrusia, la última dictadura de Europa

En este caso, se denominó ‘revolución blanca’ o ‘revolución de los jeans‘, ya que un chico que enarboló su camisa vaquera como una bandera se convirtió en el símbolo de las protestas en 2006. Entre el 19 y el 24 de marzo de ese año, miles de personas ocuparon la plaza de Octubre de Minsk, en protesta por la nueva victoria de Alexander Lukashenko, en el poder desde 1994.

Una vez más, las protestas fueron repelidas de forma violenta por la policía antidisturbios, que detuvieron a cientos de personas. Uno de los líderes de la oposición fue sentenciado a cinco años y medio de cárcel por incitar “al desorden público”.

Lukashenko volvió a ganar las elecciones de diciembre de 2010 y, de nuevo, miles de personas protestaron en la calle, pero nada ha cambiado.

Moldavia, Uzbekistán y el fracaso de Ucrania

En otros países del mundo ha habido, y sigue habiendo, protestas multitudinarias que no consiguen su objetivo. Las consecuencias van desde las detenciones tras la ‘revolución Twitter’ de Moldavia en 2009 -ante una victoria electoral del Partido Comunista denunciada como ilegal por varios miles de personas y acreditada por observadores internacionales- hasta la masacre de Andijan en Uzbekistán, donde en 2005 el régimen de Islam Karimov asesinó a entre 150 y 5.000 personas -las cifras son imposibles de confimar- en protestas contra el dictador.

En Ucrania, la famosa Revolución Naranja de 2004 fue enterrada el año pasado con la vuelta al poder de Víctor Yanukóvich, el artífice del fraude electoral que llevó a miles de personas a la calle y acabó derrocando al líder ucraniano. Los mismos ucranianos han elegido al sucesor del régimen que gobernó el país desde 1994. “La primera de las lecciones de Ucrania para los demócratas egipcios y tunecinos es que las elecciones no hacen la democracia. Después de todo, ¿qué pasa si los enemigos de la libertad usan las elecciones para afianzar sus agendas antidemocráticas?”, reflexionaba la ex primera ministra ucraniana Yuliya Tymoshenko hace unos días.

En todo caso, egipcios y tunecinos han dado un paso que otros no consiguieron: sólo queda ver si los que protestan conseguirán que todo, y no sólo parte, de lo que piden, se haga realidad.

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